Quizá has escuchado muchas veces la palabra “orar”, pero nunca lo has hecho. Puede que incluso te suene algo difícil, religioso o reservado para personas muy espirituales. Pero en realidad, orar es hablar con Dios. No es una obligación, ni un discurso preparado. Es una conversación sencilla, honesta, desde el corazón.
Dios no busca oraciones perfectas, busca personas sinceras. Él no se impresiona por las palabras bonitas, sino por los corazones abiertos. Cuando oras, no necesitas fingir, ni aparentar algo que no eres. Puedes acercarte a él tal como estás, con tus dudas, tus miedos, tus errores y tus deseos. Dios entiende tu lenguaje, incluso cuando tus palabras son torpes o cuando no sabes cómo empezar. A veces pensamos que para hablar con Dios hay que hacerlo en una iglesia, con posturas o frases especiales. Pero lo cierto es que puedes orar en cualquier lugar y en cualquier momento. En silencio, en voz baja o en medio del ruido. Él siempre está disponible, esperando que le hables.
Quizás te preguntes: “¿Por qué querría Dios escucharme a mí?” La respuesta es sencilla: porque él te ama. No un amor distante ni general, sino personal. Desde el principio, Dios quiso tener una relación cercana con el ser humano, pero muchas veces nos hemos alejado de él buscando vivir por nuestra cuenta. Aun así, Dios nunca dejó de buscarnos. Su deseo es que vuelvas a conocerlo, no como una idea o una religión, sino como un Padre que te ama y quiere caminar contigo.
Por eso, cuando oras, no estás cumpliendo con una rutina, estás abriendo tu corazón a una relación real. La oración no cambia a Dios, nos cambia a nosotros. Nos ayuda a confiar, a soltar, a descansar, a dejar de cargar solos con lo que no podemos manejar. Cuando hablas con él, puedes contarle todo: lo que te duele, lo que sueñas, lo que temes, lo que no entiendes. Él ya lo sabe, pero quiere que se lo digas, porque la relación con él se fortalece cuando te atreves a confiarle tu vida.
Puedes empezar con palabras muy sencillas. No se trata de decir lo correcto, sino de ser honesto. Tal vez algo como:
“Dios, no sé cómo orar ni qué decirte, pero quiero conocerte.
Si estás ahí, muéstrame que me escuchas.
Quiero aprender a hablar contigo y sentirte cerca.”
Esa pequeña oración, dicha con sinceridad, puede ser el comienzo de algo grande. Porque Dios no rechaza un corazón sincero. La Biblia dice que “el Señor está cerca de los que tienen el corazón quebrantado” (Salmo 34:18). Él no busca perfección, sino verdad.
Con el tiempo, verás que orar no es solo hablar, también es escuchar. A veces Dios responde a través de una paz interior, un pensamiento que trae claridad, una palabra que llega en el momento justo o una persona que aparece en tu camino. Él tiene muchas formas de hacerte saber que está contigo.
