Vivimos en un mundo que nos enseña a medir nuestro valor por lo que hacemos, por cómo lucimos o por lo que otros piensan de nosotros. Desde pequeños aprendemos a buscar aprobación: en las notas, en el trabajo, en las redes sociales, en las miradas ajenas. Pero a veces, por más que nos esforzamos, seguimos sintiendo ese vacío interior, esa sensación de no ser suficientes.
Tal vez tú también lo has sentido. Has intentado encajar, ser mejor, hacerlo todo bien… y aun así algo dentro de ti susurra que no es bastante. Pero hay una verdad más grande que todo eso: tú tienes un valor inmenso, y ese valor no depende de lo que haces, sino de quién eres para Dios.
Desde el principio, Dios te pensó. No eres un accidente, ni una casualidad. Fuiste creado con intención, con propósito, con amor. Cada detalle de ti fue diseñado por él. Tus talentos… nada de eso es al azar. Dios no comete errores.
A veces, las heridas de la vida nos hacen olvidar quiénes somos. Palabras que nos marcaron, fracasos, rechazos o comparaciones nos roban la confianza y nos hacen creer que no valemos tanto. Pero Dios no te mira con los ojos del mundo; él te ve con los ojos del amor. Donde otros ven defectos, él ve belleza. Donde tú ves ruinas, él ve posibilidad. Donde tú ves debilidad, él ve una historia que puede ser redimida.
Jesús vino precisamente para recordarnos eso. Su vida y su muerte en la cruz son la mayor demostración de cuánto vales para Dios. Él dio su vida no por una religión, sino por amor a las personas, por amor a ti. Cada herida, cada lágrima, cada error… todo fue cubierto por su gracia. En la cruz, Dios gritó al mundo: “Tú vales para Mí.”
Quizás pienses: “Yo no merezco eso, he hecho muchas cosas mal.” Pero ese es el corazón del mensaje: Dios no te ama porque eres perfecto; te ama porque eres suyo. Su amor no se gana ni se pierde. Está ahí, esperándote, incluso cuando te alejas, incluso cuando no crees merecerlo.
Cuando empiezas a verte a través de los ojos de Dios, algo cambia. Dejas de buscar aprobación en lugares vacíos. Dejas de compararte. Descubres que no necesitas demostrar nada, porque ya eres amado tal como eres. Dios solo te pide que le permitas mostrarte quién eres realmente: su hijo, su hija, su creación amada.
Puede que la vida te haya dicho muchas veces que no vales, pero Dios dice lo contrario. Dice que eres precioso, que eres importante, que tu vida tiene sentido. Dice que fuiste creado con un propósito y que nada —ni tus errores, ni tu pasado, ni tus miedos— puede borrar ese valor.
Hoy puedes detenerte un momento y dejar que esa verdad entre en tu corazón.
No necesitas hacer nada extraordinario. Solo recibirlo.
“Dios, ayúdame a verme como Tú me ves.
Enséñame a creer que tengo valor, no por lo que hago, sino porque Tú me amas.”
Esa simple oración puede ser el comienzo de una nueva forma de vivir: libre del peso de agradar a todos, libre del miedo de no ser suficiente, lleno de la certeza de que eres amado, visto y valorado por el Dios que te creó.
Y cuando descubres tu valor a los ojos de Dios, también empiezas a ver a los demás de otra manera. Porque si él te ama así, también ama a todos los que te rodean. Y ahí comienza una transformación profunda: en ti, en tus relaciones y en la manera en que ves el mundo.
No eres uno más. No eres invisible. No estás aquí por casualidad.
Eres amado, valioso y parte del corazón de Dios.
