España es una tierra de historia profunda, marcada por momentos de esplendor, lucha, fe y también de dolor. En su pasado reciente, especialmente durante el siglo XX, el nombre de Dios fue usado muchas veces no para sanar, sino para dividir, controlar y justificar actos que nunca reflejaron su verdadero corazón.
Durante la dictadura de Francisco Franco, tras la Guerra Civil Española, la religión, en especial la Iglesia Católica, se entrelazó estrechamente con el poder político. En ese contexto, la fe se convirtió en instrumento del Estado, y el mensaje del Evangelio fue muchas veces distorsionado por intereses humanos. Se cometieron injusticias, se silenciaron voces, se persiguió a los que pensaban diferente, y se impuso el miedo en nombre de un Dios que jamás aprobó la opresión.
Hubo muertes, torturas, exilios y abusos de poder. Hubo quienes se aprovecharon del nombre de Dios para obtener beneficios, riquezas o autoridad. Muchos crecieron creyendo que Dios era sinónimo de castigo, de control o de manipulación. Otros se alejaron de la fe porque lo que vieron no tenía nada que ver con el amor de Jesús. Y así, generación tras generación, España fue cargando con una herida invisible: la de haber conocido una religión impuesta, pero no un Dios vivo y cercano.
Pero la verdad es esta: Dios no estaba allí.
Dios no aprueba la violencia ni la opresión; no se alegra con la muerte, ni bendice el robo o el abuso. Jesús nunca enseñó a dominar, sino a servir. No vino a condenar, sino a salvar. No vino con una espada, sino con una cruz.
Por eso hoy, como hijos e hijas de Dios, reconocemos el daño que se ha hecho en Su nombre. Pedimos perdón a todos los que fueron heridos, marginados, engañados o silenciados bajo una falsa imagen de fe. Pedimos perdón por cada vez que el nombre de Dios fue usado para imponer miedo en lugar de esperanza, para dominar en lugar de amar, para callar en lugar de liberar.
Pedimos perdón por una Iglesia humana que muchas veces se olvidó de mirar al cielo y se aferró al poder de la tierra. Y pedimos a Dios que sane el corazón de este pueblo, que restaure la confianza perdida, y que vuelva a revelarse tal como es: un Padre lleno de amor, de gracia y de verdad.
Dios no es religión, es relación. No busca templos de piedra, sino corazones vivos. Y hoy sigue extendiendo Su mano a España —no para condenarla, sino para levantarla.
Que podamos decir, con humildad y arrepentimiento:
“Señor, perdónanos por haber usado Tu nombre sin conocerte.
Perdónanos por las veces que la fe se volvió instrumento de poder y no de amor.
Sana nuestra tierra, sana nuestras heridas, y muéstranos quién eres realmente.”
El Dios verdadero nunca bendijo la injusticia.
El Dios verdadero sigue llorando con los que sufrieron.
Y el Dios verdadero sigue esperando que España vuelva a él,
no con miedo, sino con un corazón sincero.
